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LA SERPIENTE QUE SE MUERDE LA COLA

22 Oct

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En uno de sus escritos más afortunados, El vizconde demediado, Italo Calvino parte en dos a su protagonista. Cada una de las mitades continúa viviendo por separado pero lo más relevante es que la personalidad del personaje también se divide. Una de las mitades se lleva la maldad y la otra la bondad. Resulta que no se sabe cuál de las dos partes es más detestable y antinatural, así que al final el personaje tiene que volver a unirse para ser una persona querida y completa de nuevo.

 

Dijo el mismo Italo Calvino que con ese relato quería mostrar “la aspiración a sentirse completo por encima de las mutilaciones que impone la sociedad”. Y es que no hay personas buenas o personas malas, sino seres complejos hechos de un sin número de contradicciones. Lo que pasa es que a medida que vamos creciendo en un entorno social se nos obliga a asumir roles a perpetuidad, lo que por supuesto va limitando nuestro ser. Sin embargo, las varias facetas de nuestra personalidad van a permanecer dentro de nosotros, riñendo con esa faceta que nos esforzamos cada día por mostrar y mantener. Recuerdo a una profesora del colegio que era fuera de lo común, lo más cercano al vizconde de Calvino que he conocido. Gracias a su parecido con el antagonista del Hombre Araña, algún alumno despiadado le puso el sobrenombre de Green Goblin. La verdad es que sí, parecía un duende irritable, pero sus actos contradecían a su apariencia. Nunca la vi regañar a nadie y es que al parecer había suprimido de sí todas las expresiones de violencia. Los rumores decían que en el pasado la profesora vivió tiempos turbulentos, seguramente violentos y no me extrañaría que cargados de drogas, de los que había salido gracias al yoga y la meditación que la mantenían en ese trance pasivo con el que la conocí. Me imagino que su subconsciente era, no sé siga siendo, una arena en la que se repetía día tras día un duelo a muerte entre la personalidad violenta y la personalidad pasiva.

 

Todo esto me viene a la cabeza después de haber visto Enemy. Los traductores al español le dieron a la cinta el nombre del libro escrito por José Saramago en el que está basada, El hombre duplicado. Es una película excepcional del director canadiense Denis Villeneuve, con una atmósfera pesada, tensionante y sombría, complementada con unas interpretaciones actorales sobresalientes. El protagonista es precisamente un profesor, Adam (Jake Gyllenhaal), que se encuentra inmerso en una cotidianidad de repeticiones abrumadora. Dicho estado se ve alterado cuando el hombre descubre que en su misma ciudad vive un aspirante a actor que es idéntico a él, su sosias. Adam se obsesiona con el sujeto (interpretado por el mismo Jake Gyllenhaal, obvio), cuyo nombre es Anthony, se encuentra con él y crea una relación enfermiza que lleva a la destrucción de los dos (de ahí el nombre en inglés de la película, cuya traducción literal sería Enemigo). Como ya se supondrá después de todo lo que he escrito, Adam y Anthony no son dos clones o dos gemelos de sangre sino que son dos expresiones de un mismo hombre. Un hombre que se divide entre un frustrante empleo decente y la aspiración apasionada pero fallida de ser un artista, entre una hermosa novia fría y distante (Melánie Laurent) y una melancólica y leal esposa embarazada (Sarah Gadon), entre adorar los arándanos y odiarlos. Lo fascinante, además, es que la duplicidad Adam/Anthony está enmarcada dentro de la repetición, ya que además de ser seres complejos y contradictorios, tendemos a estar encerrados en ciclos de ires y venires, de aciertos y desaciertos, de eterno retorno.

 

Ese eterno retorno me hace volver al recuerdo de mi peculiar profesora. Ella me contó la historia de Friedrich August Kekulé, un destacado químico alemán que se sentó una tarde a descansar al frente de una chimenea que tenía en su estudio. El hombre comenzó a cabecear mirando el movimiento de las llamas cuando, de repente, vio salir átomos que jugueteaban y danzaban formando cadenas que asemejaban serpientes. Una de esas serpientes se mordió su propia cola y comenzó a girar ante sus ojos. Dicha visión fue la clave que le permitió a Kekulé “descifrar” la estructura anular del benceno, uno de los aportes más notables que se han hecho para el desarrollo de la ciencia. Esa serpiente mordiéndose la cola es tal vez el símbolo perfecto para resumir la película de Villeneuve que tan fascinado me ha dejado.

En Twitter: @peresoj